El Arquitecto de Destinos: Mi vida junto a José Tejada Perea

1. El eco de los olvidados

En las tierras cálidas de Moyobamba, el futuro de cientos de niños solía estar dictado por la crueldad de la precariedad. Nacer en un hogar disfuncional o sin recursos significaba una sentencia: un camino directo a la pobreza intergeneracional. La sociedad solía mirar hacia otro lado ante los niños con habilidades diferentes o los jóvenes cuyos sueños universitarios se marchitaban por falta de un techo o un plato de comida. Era un ciclo de sombras que parecía inquebrantable. Hasta que un hombre decidió que su vida no le pertenecía a él, sino a aquellos que no tenían voz. Quien escribe estas líneas es un testigo directo de esa transformación.

2. La rebeldía de la fe

José Tejada Perea fue un peruano con corazón español que conoció el dolor desde la raíz. Huérfano a los ocho años, abandonó su precario hogar en Moyobamba para abrazar un destino incierto. Ver sufrir a su madre por la simple supervivencia humana le dejó una herida profunda y una convicción inquebrantable: jamás traería hijos a este mundo para hacerlos sufrir; su misión sería salvar a los hijos de los demás.

Su camino no fue fácil. Peregrinó por varias familias y encontró refugio en la fe, uniéndose a la orden de San Juan de Dios. En 1980 llegó a Cataluña, España, bajo el cobijo de esta congregación; sin embargo, tras años de servicio, la rigidez eclesiástica comenzó a asfixiarlo. Por ejemplo: levantarse a las cinco de la mañana para orar de forma autómata le pareció una penitencia infinita, no un acto de amor vivo. José era un rebelde, un hombre nacido para romper esquemas cuando se vulneraba la libertad de pensamiento y de creencia. Por eso, decidió colgar el hábito y salir a la calle, sin mucho en los bolsillos, pero con un fuego ardiente en el pecho. Primero: fundó su propia casa de acogida en Badalona, Barcelona, país de España.

3. La mirada que detiene el golpe

Es aquí donde mi propio testimonio cobra fuerza: Lo que José hizo en España roza lo increíble. Con lo más mínimo, comenzó a recoger a los seres más vulnerables de las calles de Barcelona: enfermos de VIH terminal, alcohólicos y hombres destruidos por las prisiones. Yo lo vi con mis propios ojos; vi a José limpiarlos y lavarlos con sus propias manos, con la ternura de una Madre Teresa de Calcuta peruanizada, que para unos eran simplemente el sometimiento de sus propios destinos; para él, eran su razón de existir.

A mis ocho años, yo andaba sin saber qué hacer con mi existencia —pues era un muchacho inverde—; José, a esa misma edad, ya había elegido su destino, tenía una fuerza mística. Recuerdo claramente el día en que un muchacho exrecluso, con la mente perturbada por las crisis, se alteró en la casa de acogida de Badalona. En un arranque de violencia impredecible, sacó un arma blanca y se abalanzó contra el para apuñalarlo. No sé si fue la providencia o el azar, pero José no retrocedió: clavó su mirada fija y tenaz en los ojos del atacante. Sostuvo la mirada sin pestañear, parado frente a la muerte con una seguridad monumental. El agresor (que estaba siendo ayudado por José mismo), al ver que su violencia no provocaba miedo sino una paz inquebrantable, se congeló: confundido, bajó el cuchillo; la compasión había ganado la batalla.

4. Volver a la raíz: El milagro de Moyobamba

Gracias a la audacia de José, muchos jóvenes pudimos abrir los ojos al mundo, conocimos a personas de Europa, América y Asia que nos vieron crecer y que hoy son nuestros amigos. Pero el clímax de su obra estaba por volver a su origen. Tras más de una década de entregarse en Barcelona, José regresó a Moyobamba (su ciudad). No traía promesas políticas; traía una visión de amor radical, quería sanar su propia herida de la infancia ayudando a los niños huérfanos, a las madres solteras y a las personas con habilidades diferentes de su tierra. Así empezó primero.

Su gesta fue un acto de absoluta rebeldía contra la burocracia y la indiferencia del Estado; sin pedir permisos ni esperar presupuestos —movido únicamente por la buena voluntad de sus amigos europeos y algunos peruanos—, adquirió con sus propios medios un terreno de 18,000 metros cuadrados a dos kilómetros de Moyobamba, cerca de las aguas termales. Allí, ladrillo a ladrillo, con un esfuerzo puramente personal, comenzó a levantarse el Hogar «Santa Isabel» en el año 2001. Una estructura sólida de ladrillo rojo y columnas blancas que se convirtió en una ciudadela de esperanza.

Durante más de 18 años, ese hogar rescató a más de 300 vidas del olvido, José no solo daba comida y techo; sembraba profesionales. Nos impulsó a estudiar en institutos y universidades públicas —antes nos ayudó a terminar el grado de primaria y secundaria—, cubriendo cada sol de nuestros gastos académicos. Él nos devolvió la dignidad, nos enseñó que éramos dignos de un futuro y que el ciclo de la pobreza solo se rompe con educación y amor incondicional. En las fotos de la institución aún se siente esa magia: las guitarras sonando en señal de bienvenida y su mirada protectora custodiando a los suyos.

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5. La Messón: La paradoja de dar sin pedir

Lo más importante que nos enseñó José no estaba en los libros; nos enseñó a ganarnos la vida. En el hogar, nuestras tareas cotidianas eran claras y sencillas: lavar los platos, limpiar los pasadizos, cuidar el huerto de hortalizas, trapear los pisos, entre otros. Eran, prácticamente, las labores de una gran casa, la propiedad era —y sigue siendo— inmensa, coronada por árboles majestuosos y grandes «tambos» o salones nativos con capacidad para más de cien personas.

Al principio, la pregunta del millón que me hacía era: ¿cómo se sostiene una estructura tan grande? La respuesta la entendí muchos años después. Esa respuesta encierra una hermosa paradoja que asimilé sin darme cuenta: cuando das con amor puro y por convicción, no esperas nada a cambio, pero la vida te lo devuelve cuando menos lo imaginas.

En el hogar, José siempre invitaba a comer a todo el mundo. En la misma mesa sentaba desde al jardinero humilde hasta al mismísimo presidente regional de San Martín. A todos les otorgaba exactamente la misma importancia, y las charlas alrededor de la comida se extendían por horas. Viendo su infinita generosidad, un amigo de la ciudad le planteó una idea:
—Hermano José, tu casa es hermosa y tienes un espacio gigante. ¿Por qué no alquilas los locales y les vendes comida a las instituciones que buscan hacer sus reuniones. Eso generaría ingresos para Santa Isabel.

José no aceptó la idea de hacer un negocio frío; su naturaleza era simplemente proveer y servir, pero sabia que un poco de ingreso económico, no estaba mal del todo; sin embargo, con el paso de los años, el destino acomodó las piezas. Las instituciones empezaron a llegar solas a Santa Isabel. José les prestaba el local con gusto; decía de forma práctica que era mejor darles vida a esos espacios antes que dejárselos a los murciélagos.

Así nació años después, casi sin planificarlo, la «Mesón Santa Isabel». Prestábamos las instalaciones de los tambos para los eventos de forma gratuita y solo cobrábamos por los servicios de alimentación: desayunos, almuerzos, cenas, refrigerios y bocaditos. Fue en la cocina y en los salones de ese Mesón donde crecimos varios de nosotros. Aprendimos el oficio desde abajo: lavando platos y ollas, atendiendo como mozos, preparando la chicha morada o moliendo el grano de café. ¡Uff, hay tantas historias grabadas entre esos muros!. Eso sí, nunca fuimos a pedir limosnas, es una cosa que José tenia muy claro.

 Esos días de esfuerzo colectivo nos moldearon, enseñándonos que el trabajo dignifica y que la autosuficiencia de nuestra comunidad nacía del amor convertido en servicio.

6. Un puente hacia el infinito

El 3 de agosto de 2018, José Tejada Perea cerró los ojos físicamente en Barcelona: sabía que la vida podía ser calamitosa, pero también hermosa. Su última voluntad fue su testamento más grande: que el proyecto no muriera con él.

Lo que pasó después es el tributo más hermoso que un padre puede recibir. Aquellos niños que una vez llegamos al hogar con las manos vacías y el alma rota, hoy somos los profesionales que dirigimos la Asociación Civil Hogar Santa Isabel, movidos por una gratitud eterna, hemos tomado el relevo. Hoy seguimos acogiendo a jóvenes mayores de 18 años sin recursos para que puedan concluir sus estudios superiores. Hemos optado por ello, por lo complejo que es tener niños menores de 18 años, esperando que en algún momento cuando surjan las posibilidades, se pueda ejecutar ese proyecto.

La obra de José no se detuvo; su corazón sigue latiendo en cada rincón de esos 18,000 metros cuadrados, no solo construyó una casa de ladrillos; construyó un puente hacia el infinito para todos aquellos a quienes el destino nos había cerrado las puertas.

7. La mística heredada: Nadie es más que nadie

Hoy en día, los amigos de José, especialmente aquellos de España y Alemania, continúan animándonos de manera voluntaria y desinteresada. Hay un mentor muy cercano a él en particular que, al hablarme, me transmite una mística tan profunda que a veces siento que es el mismísimo José quien me habla. Hace poco me dijo:

“Sé que tengo unos cinco años más para dar; luego entraré en mi ‘quinto piso’, en mi escondite, para someterme de manera esquiva y andar junto a mi destino en mi aposento”.

Ese mismo amigo me dio una de las lecciones más grandes de mi vida cuando anduve por Europa. Yo necesitaba reunirme con el director general de una corporación en Barcelona por temas de mi profesión —que la casa Hogar Santa Isabel me dio—. Sin embargo, cargaba con mis propias dudas e inseguridades. Pues me sorprendió que mi mentor sin que yo le exigiera, ya me había organizado una gran agenda, para reunirme varias reuniones con altos servidores de Empresas. Entonces, pensaba en mis raíces, en el niño selvático que creció en pueblos originarios (en Hogar Santa Isabel) y me sentía invisible, como uno más del montón frente a esos altos ejecutivos que yo imaginaba imponentes y señoriales. Como si fuera la época del Virreynato.

Al notar mi timidez, él me miró y me sacudió el alma con sus palabras:

“No tengas vergüenza hombre. Ve allá y habla con ellos. Tú eres tan importante como ellos. Las personas verdaderamente grandes son las que menos presumen de lo que tienen, y tu vales mucho”.

Esa frase se quedó grabada en mi mente para siempre. Me recordó que el valor de un ser humano no lo define un cargo ni un apellido, sino la grandeza de su espíritu, algo que José siempre nos decía.

Esas palabras me hicieron reflexionar profundamente sobre la perspectiva de la vida. Yo aún estoy muy lejos de la edad que él lleva a cuestas, y no sé si tendré la suerte de alcanzar las décadas de sabiduría que él y otros cargan encima. Valoro infinitamente ese deseo puro de dar, una lección de la cual todos tenemos que aprender. Por eso he aprendido que es vital rodearse de almas buenas; personas que, al mirarte, reflejan en sus ojos una luz encendida por la más pura alegría.

No quiero aburrirlos con tanto texto, pero hay mucho mas para contar, las páginas de un cuaderno faltarían. Porque cada persona que se ha rodeado de José, siempre tiene una historia nueva, de eso les aseguro, pero saben, mejor concluyamos esta parte de la historia de “San Jhosep”.

Mirando hacia atrás, entiendo que José no solo nos dio un techo o una carrera; nos devolvió la fe en la humanidad. Nos enseñó que nadie es un desecho y que el amor radical puede desarmar hasta al enemigo más violento. Hoy, con el corazón lleno de una gratitud eterna, asumimos la responsabilidad de mantener vivo su sueño. José Tejada Perea nos enseñó a volar cuando teníamos las alas rotas, y mientras la Asociación Civil Hogar Santa Isabel siga en pie, su corazón seguirá latiendo con fuerza en cada rincón de Moyobamba.

Firma: La crónica de un niño que aprendió a volar gracias a un gigante, el nombre no importa; lo que importa es que su puente sigue en pie.